Pasaron meses preparando la Ophiusa, con un sinfín de inacabables tareas. Y la más importante era conseguir tripulación. La fortuna quiso que ésta quedase compuesta por Lluis, Mauricio, Ruth y yo mismo. Pero aún no habíamos navegado todos juntos y nos faltaban pruebas por pasar.
Al Kiski le van las regatas con viento y ésta no iba a serlo. La meteo auguraba viento del sur entre Ibiza y la Península, encalmadas diversas, y muchos números para quedarse clavado a media noche del jueves en la opción de salida a rumbo directo por Tagomago. Nuestro objetivo de regata principal, consistente en cenar el viernes en Formentera, no parecía fácil de alcanzar.
Nos sobró un ticket de cena en Sitges que regalamos a Eolo para granjearnos sus favores; error fatal. Travieso y caprichoso como es, arrasó con la dotación de cervezas de la cena. Se pasó media noche bailando “La Conga” con las chicas de los barcos de singles y, tras la consecuente resaca, resultaría muy huidizo durante la regata.
El jueves a las 10 h se dio la salida para RI. Pasamos amurados a estribor por el lado de Comité, con viento casi limpio, pero algo por detrás del grueso de barcos. Éstos, se apelotonaban tratando de salir todos al mismo tiempo y desde el mismo punto, provocando una anomalía espacio-temporal en el universo euclídeo. Como no está probado que el aumento de masa hasta niveles críticos provoque la aparición de un agujero de gusano que permita cruzar el espacio-tiempo entre Sitges y Formentera a la velocidad de la luz, preferí ahorrarme la justificación del ensayo práctico ante la compañía de seguros. Otros, en cambio, trabajaban para la NASA, pero no hubieron incidentes.

Había muchas millas por delante y el Kiski no andaba mal. Parecía que podíamos alcanzar a algunos veleros. Así lo hicimos con Frescachón, que adelantamos a base de caer algo a sotavento y ganar velocidad. Sin embargo, nuestro ángulo de ceñida era peor. Algo no hacíamos bien: ceñíamos a rumbo 140º mientras el resto de la flota no tenía problemas para un 150-160º.
Pasada una hora y tras ser pasados y repasados por Intrépid (sniff!), tomamos la decisión de hacer un bordo a tierra e ir a por la petrolera. Nuestra ceñida no mejoraba. ¿Iríamos entonces a 4 nudos? 3 veleros quedaban aún a sotavento y 5 a barlovento. El resto había desaparecido.
A la altura de Cubellas, Eolo se fue a echar una buena siesta. ¿Dónde estaba el Garbí? De 13 a 14 h, recorrimos una milla. Pasamos las siguientes 4 h observando la chimenea de la central de Cubellas (maravilla de la arquitectura industrial donde las haya) desde diferentes ángulos. A las 18 h la ronda de posicionamiento dio ya unos cuantos abandonos.
Izamos el espi con la esperanza de avanzar algo,…y conseguimos exactamente 50 m. A las 22 h, con 12 h de regata, el Kiski sólo estaba a 20 millas de Sitges. La chimenea seguía allí. ¿Podríamos terminar? Reunidos en asamblea, decidimos que sólo nos retiraríamos cuando fuese matemáticamente imposible llegar, aunque eso significase olvidarnos de la cena del viernes.
A paso de tortuga, a las 2:30 h dejamos atrás la petrolera, mientras su radio operador daba permiso a Frescachón para recalar y tomarse unas tapas. Durante unas horas nos debatimos en superar los 0,2 nudos. Amaneció, mientras las medusas nos avanzaban saludando con sus tentáculos.
Eolo bostezó un poco, subimos la velocidad y nos visitaron los delfines. ¡Jamás habíamos visto tantos! Una paloma torcaz perdida descendió hasta el barco y optó por hacer de mascarón de proa. Un gorrión más osado se posó en la rueda del timón y me ayudó a mantener el rumbo. Numerosas abejitas decidieron también acompañarnos…el Kiski parecía el arca de Noé.
Durante la rueda de comunicación de las 12 supimos que sólo nosotros seguíamos en regata dentro de nuestro grupo, y que apenas quedaban 20 barcos en liza. La sabina estaba cerca.
Aparecieron bancos de niebla. Con visibilidad de apenas 20 m, los atravesamos alerta y con el firme silbido intermitente del pito de Mauricio (rollo árbitro de tercera regional). En el segundo banco, un carguero apareció como un fantasma a 100 m por proa. Era como ver al holandés errante. Luego, otra vez, nuestra velocidad cayó.
A eso de las 15 h, cansados de ir a 2 nudos, decidimos jugárnosla a poner el asimétrico al rumbo que la vela quisiera. ¡Bingo! Directos a hacer una paellita en Benicassim, a 5-6 nudos. Tras dos horas nos planteamos si virar hacia el canal entre Mallorca y Menorca y tirar por Tagomago. Probamos el bordo, pero nuestro ángulo no era propicio y abortamos.
Poniendo el génova para ganar ángulo, la velocidad bajó a 3-4 nudos. Y a las 20:30 empezó a ponerse el sol, a 2-3 nudos. Una neblina en Poniente nos regalaba una estampa bella y nostálgica. Habíamos conseguido llegar más al sur de la latitud 40º, pero por delante teníamos más millas de las que éramos capaces de recorrer con la mejor de nuestras velocidades. Con suerte, podríamos llegar 4 h tras el cierre de meta.
Reconociendo lo imposible, los tripulantes del Kiski nos abrazamos, felicitándonos por haber luchado hasta el límite de lo posible. Abrimos la botellita de ron colombiano de Mauricio, bautizamos agradecidos al Kiski y brindamos. Tras gozar de un rojizo y fantasmagórico ocaso, arriamos génova, pusimos motor y anunciamos nuestro abandono de regata. Sería el último abandono anunciado. Faltarían unas 75 millas. Fue un bonito final.
Por la mañana, en La Sabina, nos duchamos, alquilamos un coche y recorrimos la isla de punta a punta, enriqueciéndonos con el azul esmeralda del mar, el verde de las sabinas, la aridez del terreno y la estrechez de los caminos rurales. Olvidamos nuestro cansancio y flotamos entre algodones.
Comimos coincidiendo con Tranquilito. Nos sorprendió vivir la isla desde el prisma de Quim Masferrer. Un señor mayor nos alertó sobre la maldad de un holandés llamado Williams. – “¡No os fieis de él!”... Fantasmas de tiempos eternos. La posterior visita a Es Caló, nos transportó al sueño de Ophiusa.
Por la noche, la cena precedió al reparto de innumerables premios entre 12 barcos. Alguno se llevó 6 trofeos. Las normas son las normas, pero la belleza de la isla no encajaba.
El DJ que amenizó el resto de la velada no pudo soportar que algunos exaltados se subiesen al escenario a bailar y se fue. Desde la distancia, dio la sensación de que ése fuese su tercer intento de abandonar la sala. Supo mal que un incidente fácilmente resuelto provocase esa reacción. Alguno, con conocidos en la isla, nos dio una explicación no reproducible.
El domingo tocaba regresar. A la 1:30 h a.m. del lunes y a 80 millas del destino, el motor falló. Parecía un problema de alimentación. Tras izar velas e inspeccionarlo, descarté una reparación en el mar. Seguiríamos a vela.
Y Eolo no aparecía. El viento cayó, dejándonos casi a la deriva, blanco fácil para cargueros. Por la mañana distinguimos a un catamarán al que hicimos luces con el espejo de señales. Lluis quería un par de pollos a l’ast y Mauricio trató de convencerlos para que se acercasen usando la VHF. En silencio, dieron media vuelta y se fueron…quizá no les convencimos.
Advertimos a Salvamento Marítimo de nuestra situación. Tarragona Radio nos hizo un seguimiento contactando cada 3 h para conocer posición, rumbo y velocidad y advertir a los barcos de la zona sobe nuestros problemas de movilidad. Realmente, nuestra maniobra resultaba restringida. También avisaron a familiares y amigos de nuestro retraso. Fueron unos ángeles de la guarda.
Entre bromas, hicimos de todo para conseguir velocidad y ganar norte. Izamos de nuevo el asimétrico y empezamos a correr hacia el NE. Decidí seguir hasta encontrarnos justo al Sur de Premià. El bordo que hicimos a las 20:45 nos puso de camino directo a casa, a 56 millas y rumbo 360º. ¡Milagro!
La noche fue dura. Arrastrábamos el cansancio de 5 días. De madrugada empezamos a hacer bordos para no caer sobre el puerto de Barcelona con todo su tráfico. Al resultar el ángulo insostenible, arriamos asimétrico y pusimos génova. El intento a la luz de la luna se saldó con el espi al agua y unos cuantos improperios de Lluis, que en proa se lo estaba comiendo todo.
Cayó el viento y un Costa Cruceros se abalanzó sobre nosotros. Iluminamos velas y por VHF advertimos al barco de una colisión inminente. Estuve a punto de encender una bengala. A 200 m y tras la quinta llamada, variaron rumbo. ¡Uff!
Al amanecer del martes 19, entraron 15 nudos del NE. El barco se aceleró. Tuvimos que poner rizos y quitar trapo. ¡Manda huevos! Las cosas siempre se liaban al llegar a tierra. Sólo podríamos entrar en puerto si alguien nos remolcaba en los últimos metros. Pocos estarían disponibles.
A las 7:30 Ramón (Nautric) y Carles se ofrecieron para remolcarnos con el Dennis. Salieron, nos echaron un cabo a la entrada,… y atracamos.
Ya amarrados, a espaldas de la tripu, no pude evitar que unas lágrimas surcasen mis mejillas dejando estelas de sal. Toda prueba deja huellas. Todo escollo, está en tierra. Y los éxitos, no siempre se miden con estatuillas. La tripu del Kiski era ahora un equipo curtido y unido. No podía ser mejor.
Ya en casa, caí agotado sobre la cama y dormí, mecido aún por las olas de Ophiusa. Después, quedarían los escollos de tierra…